“Por fin es viernes.”
Lo repetimos constantemente.
Como un alivio.
Como una liberación.
Como si vivir cinco días esperando escapar dos se hubiera convertido en algo completamente normal.
Y quizá ahí haya una pregunta incómoda que pocas veces nos hacemos:
¿Qué está pasando para que tanta gente viva deseando dejar de trabajar?
Porque la mayoría de personas no odia trabajar.
Lo que agota es vivir con presión constante. Sentir que nunca es suficiente.
Tener miedo.
No desconectar nunca.
Trabajar sin sentir reconocimiento.
Callarte cosas para sobrevivir.
Normalizar el estrés como forma de vida.
Y llega un momento en el que ya no sabes si estás cansado…
o simplemente te has acostumbrado a vivir lejos de ti.
Nos quejamos de:
los jefes,
la empresa,
la pareja,
los hijos,
la falta de apoyo,
la presión,
el agotamiento…
Y sí, muchas veces hay entornos realmente difíciles.
Liderazgos tóxicos.
Empresas deshumanizadas.
Personas que viven desde el control, la exigencia o el miedo.
Pero hace tiempo empecé a hacerme una pregunta incómoda:
¿Y si tú fueras tu jefe? ¿Cómo te tratarías?
¿Te escucharías?
¿Te exigirías menos?
¿Te permitirías descansar?
¿Te hablarías con más humanidad?
¿O vivirías bajo presión constante intentando demostrar continuamente que eres suficiente?
Porque muchas veces tratamos a los demás como nos tratamos a nosotros mismos.
Quizá algunos líderes controlan demasiado porque viven completamente controlados por dentro.
Personas que no descansan.
No delegan.
No escuchan su cuerpo.
No se permiten fallar.
Y viven desde la autoexigencia constante.
Y desde ahí lideran:
presionando, corrigiendo, controlando,
exigiendo más y más.
Pero quizá el liderazgo también empieza en cosas mucho más pequeñas de lo que creemos.
En ir al gimnasio el sábado aunque nadie te obligue.
En descansar cuando tu cuerpo lo necesita.
En sostener hábitos que te hacen bien.
En poner límites.
En dejar de abandonarte constantemente mientras esperas sentirte motivado.
En cumplirte la palabra.
Porque muchas personas quieren cambiar su vida…
pero siguen negociando continuamente consigo mismas.
Saben lo que les hace daño. Saben que viven agotadas.
Saben que necesitan parar, cambiar o escucharse más.
Y aun así siguen funcionando en automático.

Por eso creo que el coaching no consiste en “decirte qué hacer”.
El coaching bien entendido crea un espacio para parar y observar cómo estás viviendo realmente.
Cómo te hablas.
Cómo decides.
Qué estás normalizando.
Qué patrones estás repitiendo.
Qué miedos están dirigiendo tu vida.
Y qué liderazgo estás ejerciendo sobre ti mismo.
Porque muchas veces no necesitamos hacer más.
Necesitamos claridad.
Entender por qué vivimos agotados.
Por qué no sostenemos compromisos con nosotros mismos.
Por qué seguimos en lugares que nos apagan.
Por qué nos cuesta tanto cambiar incluso cuando sabemos que algo no va bien.
En mi libro hablo precisamente de cómo los sistemas, el entorno y las creencias condicionan profundamente nuestra forma de vivir… muchas veces sin que nos demos cuenta.
Y quizá una de las preguntas más importantes no sea:
“¿Qué trabajo tengo?”
sino:
“¿Qué tipo de vida estoy liderando realmente?”
Por eso he abierto nuevos espacios de acompañamiento individual para personas que se sienten agotadas, bloqueadas o desconectadas de sí mismas.
Porque liderar no es solo dirigir equipos.
También es aprender a liderarte a ti.

Deja un comentario